Perros y niños, amores perrunos

“Guau Guau” es sin duda una palabra mágica en el incipiente diccionario de balbuceos de los más pequeños. Tanto es así, que no es extraño que la empiecen a decir antes que pan, galleta o “yaya” para disgusto de la abuela. Es milagroso porque más allá de lo fácil que les resulta pronunciar el sonido gutural, hay algo que en la mayoría de los niños despierta su interés en cuanto ven un perro aunque sea desde sus carritos. Levantan la vista, apuntan con el dedo índice y gritan… “¡GUAUUU, GUAUUUU!” como si hubiesen descubierto América. El palabro es igual de efectivo detrás del carrito cuando el padre o madre susurra “Mira el Guau Guau” como estrategia infalible para que su pequeño aparque momentáneamente un berrinche insoportable. Sabemos que la atracción entre perros y bebés es indiscutible, sobre todo en las distancias cortas. Su afán por agarrarles del pelo como si se tratara de un peluche gigante sin miedo ninguno nos hacen sospechar que nacemos con el gen de “amor perruno” en la piel. Y eso a nosotros nos encanta.

Son muchos los estudios científicos que dicen que los niños que nacen con mascotas tienen beneficios aparte de la mera compañía: tienen menos riesgos de contraer enfermedades respiratorias, son más generosos, responsables, compasivos, sociables y hasta aprenden más rápido. Pero todo esto ya lo sabíamos, lo vemos cada día con nuestra pequeña. Ella ha tenido mucha suerte, comparte su vida con nuestros tres frenchies y forman un gran equipo.  Pero lo que ninguno de esos estudios te dice es todos los miedos que te surgen ante la llegada de un bebé cuando compartes tu vida con compañeros perrunos, de cómo actuar para que si no se entienden, al menos se respeten.

 

 

Al principio, cuando nació Arya, teníamos miedo de que no se aceptaran y no se quisieran, dudas razonables cuando todo tu mundo cambia de repente y tu tiempo pasa a ser compartido.  Miedo de no saber si ellos entenderán que no los vas a querer menos ni los vas a dejar de lado. A no saber demostrar que siguen siendo igual de importantes en tu vida y, por supuesto, en tu corazón.  Pero todos esos miedos se olvidan en el mismo momento en que llegas a casa con tu bebé y ellos te miran sabiendo que lo que tienes en los brazos es tan preciado para ti que también lo es para ellos. Cuando se lo presentas y les cuentas que somos uno más y parece, aunque resulte increíble, que te entienden. Les dejas investigar a tu pequeña y se acercan sin hacer el mínimo ruido porque ellos también tienen miedo pero confían en ti y su curiosidad les puede, y te emocionas cuando, de repente, le chupan la mano y se tumban a su lado como diciendo “voy a estar contigo siempre”.

 

No recuerdas ninguno de esos miedos cuando a medida que ella se va haciendo mayor ves cómo crecen juntos, cómo se cuidan, se respetan y, sobre todo, se quieren. Cómo juegan y, también, cómo se pelean porque todos quieren el mismo juguete a la vez y te ríes de ver quién es siempre la que gana, porque para eso dejó claro desde el principio quién mandaba en casa.  Es bonito ver cómo duermen a veces, siempre tocándose y te enfadas, no demasiado en serio, porque su comida ahora también es la de los cuatro.  Te mueres de la risa cuando pillas a tu pequeña pintándole las uñas a escondidas a uno de ellos y cómo él te mira con cara de sufrimiento pero dejándose hacer.

 

 

Entonces, a ratos, te quedas observándoles y piensas en cómo pudiste tener miedo en algún momento, no podía ser de otra manera, para ellos eres su mundo y tu mundo se convierte en el suyo. Piensas en la suerte que tienes de que se lleven bien, de que sean amigos, compañeros y seguramente con el tiempo también confidentes.  Piensas en que no hace falta que te diga ningún estudio, sea o no científico, cuáles son las reglas para que todo funcione porque sólo hay una, y se llama AMOR, de ese incondicional que sólo saben dar los perros, de ese que no es obligado, que no espera nada a cambio y del que es para siempre. Y sí, tienes mucha suerte de que tu hija disfrute de ese amor.

 

Y por supuesto, su primera palabra fue GUAU GUAU.

 

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